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BLOG DE LAS JORNADAS DE NOVELA HISTÓRICA DE GRANADA:
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12.12.10

PRESENTACIÓN EN CÓRDOBA DE LA LUNA SOBRE LA SABIKA.

Las presentaciones de libros, como actos culturales que son, sorprenden, a veces, por el nivel de calidad al que llegan sus presentadores. Con motivo de la presentación de la novela La luna sobre La Sabika al público de Córdoba el pasado día 10 de diciembre de 2010 en La Casa de Sefarad pude comprobar, una vez más, la generosidad del mundo de las letras, de la amabilidad cordobesa y en particular del cariño recibido por todos los que asistieron a este encuentro. Les doy las gracias a María Rosal, a Almudena Villegas y a Alfonso Cost (cuya biografía reproduzco en el blog  http://lalunasobrelasabika.blogspot.com/ con intención de que sean conocidos en otros ámbitos distintos a la literatura, si fuera el caso).


Además tuve la maravillosa sorpresa de recibir un regalo muy especial del también escritor y cuentista, Alfonso Cost, miembro indiscutible de la Asociación Muchocuento. Y como no podía ser menos eligió para su intervención un cuento basado en mi novela que aquí publico para que sea disfrutado por todos los posibles lectores de este blog. Nuevamente queda patente que las presentaciones de libros no son sólo un acto de publicidad, sino un acto cultural y que da pie a creaciones tan bellas como la siguiente:
 
La noche sobre Bibarrambla



A Carolina Molina



Alboreaba el mes de Chawal del año 1431 de la hégira de Muhammad. Llegué a Garnata desde la lejana Kora de Córdoba, ya avanzada la noche.
Necesitaba descanso, conciliar un sueño reparador para que a la mañana siguiente pudiese llevar a cabo los asuntos que me habían llevado hasta allí, hasta la afamada capital del reino Nazarí.

La oscuridad y el silencio se expandían como el velo de los Muttalazim sobre la ciudad y sus barrios. Inquieto por la necesidad urgente de descanso para mí y para mi cabalgadura, intenté reconocer entre las sombras, el camino que debía tomar hasta llegar a mi destino.

De pronto escuché unos pasos apresurados que despertaron mi inquietud, avanzaban ligeros sobre el irregular empedrado de la plaza de Bibarrambla, e hicieron retroceder a mi caballo de forma precavida.

¿Quién va? —pregunté en la oscuridad—. El leve rumor que producía el liviano calzado sobre el pavimento se silenció.

Afilé mi mirada hasta alcanzar a discernir entre las sombras, una figura quieta, que muy probablemente esperase de mí algo más que aquella interpelación, impropia, si cabe, en boca de un extranjero.

¿Y quién sois vos, caballero? —escuché la voz del viandante nocturno, pagando con el mismo dirham de la desconfianza, mi evidente impropiedad.

Supe que estaba obligado a presentarme y no tardé en hacerlo,

—Soy Caid, noble hijo de la brillante ciudad de Zahra, humilde mercader de libros… ¿y vos? ¿Quién sois vos? —pregunté.

Tras unos breves instantes de espera, pude escuchar nuevamente aquella voz joven, matizada por el preclaro acento de los hijos de Sefarad, amplificándose en la medida en que se acercaba a mí, a la par me ofrecía la oportuna respuesta a mi pregunta.

—Sabed que soy un humilde hakim, llamado Samuel Leví, y vuelvo a casa después del arduo trabajo de asistir a una parturienta.

No tardé en comprender que nada malo podía esperar de un seguidor de la ciencia de Ibn Sina, y me dije que ya no existía motivo alguno para albergar temores en mi interior.

—Shalom noble médico. Os anuncio que acabo de llegar a vuestra ciudad, y necesito un lugar acorde a mi posición para conciliar el sueño esta noche ¿podríais indicarme alguno?

El joven judío, tras un breve instante de introspección acariciándose su perilla de adolescente, volvió a intervenir.

—Assalam, extranjero. ¿Mercader de libro decís? Pues si es así, creo que debo advertiros que en una noche como esta os resultará imposible conciliar el sueño en Garnata …

Extrañado por tan inesperada respuesta, esperé, con el gesto de la sorpresa instalado en mi rostro, a que aquel enigmático joven, con su mirada clavada en el cielo, diese un sentido a su afirmación.

—La luna no tardará esta noche en brillar sobre el monte de la Sabika —me anunció—, y esa será la señal para que los sueños sean los que concilien a los viajeros que como vos, buscáis los placeres del conocimiento.

Los ojos del médico brillaron en la oscuridad, tal como si hubiesen sido capaces de leer en mi interior.

—Y según vos ¿qué es lo que debo hacer? —le pregunté.

—Debéis subir a la montaña, a la Sabika, y dejad que la providencia os guíe.

Extinguido el sonido de las palabras, Samuel Leví despareció tan aprisa como había llegado a mí, y tras unos segundos de incertidumbre aplastado por el peso de la noche y la extraña sensación que me había dejado aquel desconcertante encuentro, la luna se deshizo de las gruesas nubes que eclipsaban su sobrenatural resplandor.



Vi el camino ascender paralelo al río, y apenas tuve que espolear a mi caballo para que se dirigiese en aquella dirección.

No tardé en descubrir la silueta de una mujer inundada por la luna, acercándose a mí, con un gran cántaro apoyado sobre su cadera.

Se detuvo a mi altura, llevaba el pelo suelto, brillante, rumoroso como un campo de trigo bajo el cielo del verano, y me miró a los ojos.

—¿Buscáis acaso un sueño, extranjero? —me preguntó sin más, como si a aquellas horas, y en aquel mágico lugar, no existiese opción diferente a esa.

Descabalgué, liberé a mi caballo de su arnés y dejé que se perdiese entre los boscosos sotos del Darro.

Ella se presentó a sí misma como contadora de sueños, me tomó de la mano, y sin prisa me llevó a lo más alto de la Sabika. Desde allí, con solo un gesto de su mano, consiguió que los barrios, las calles, las casas de Garnata fuesen iluminándose en cuanto ella pronunciaba sus nombres.

—¿Ves, extranjero? Esa construcción que ahora ilumina la luz es la casa llamada la Perla de Oriente. Aquella otra, algo más alejada es El palacio de las Lágimas, y la de más a tu izquierda, ya cerca del Zacatín, La casa de los Fuegos de Amor.

Aquella maga me habló de Hamid, el cocinero, de su afanosa búsqueda de sí mismo entre olores de cardamomo y cilantro, de Maryem, la inteligente concubina del cadí de Garnata, y de cómo sus ojos de desparejado color, consiguieron abrir una herida imposible de suturar en el pecho del cocinero. Y de Omar, el mulato, y de Redouan, y de Jalwa el ama castellana, incluso del caballero de Oneta, y del propio rey Alfonso al que todos conocen como El Sabio…

Su voz, la voz de la maga de cabellera cereal, conquistaba sin esfuerzo mi entendimiento. Las palabras que se vertían desde su boca chorreaban por su cuello, por su torso, por sus piernas, hasta llegar jubilosas a saltar por la ladera de la montaña, buscando fundirse con las frías aguas del Hadarro.

Nunca sabré si aquella noche duró sólo una noche, o por el contrario, acababa de asistir al alumbramiento de uno más de los capítulos de la historia de su ciudad.

La Maga me regaló su cántaro, rebosante de emociones frescas y germinales, antes de ascender sola un poco más, justo hasta llegar a fundir su sombra con la de los gruesos muros de la recién construida Alhambra. Allí la vi desvanecerse y me asaltó la tristeza, pero cuando miré al agua que se agitaba en el fondo del humilde recipiente de arcilla cocida, me pareció ver su cara sonriéndome. Aunque, la verdad sea dicha, nunca se puede estar seguro de nada cuando es de noche en Granada, y uno está en la ladera de la Sabika, vestido por el intemporal brillo de la luna.



(En la foto de abajo de izquierda a derecha: Almudena Villegas, María Rosal y a mi lado Alfonso Cost)







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